La esclavitud es tan antigua como la propia historia de la humanidad. Desde tiempos inmemoriales en todas las culturas y partes del planeta existió el hecho de que seres humanos fueran posesión de otra persona, de un grupo o de una institución y que, por lo tanto, esos individuos privados de libertad y convertidos en una propiedad podían ser trasmitidos a otro dueño por venta, herencia o donación.
Durante siglos la esclavitud fue el pilar económico de grandes civilizaciones (Mesopotamia, Egipto, Grecia, Roma, etc.). Tras la caída del Imperio Romano y el surgimiento del feudalismo en Europa la esclavitud directa disminuyó de forma paulatina y fue reemplazada en gran parte por la servidumbre. A finales de la Edad Media la esclavitud en el Viejo Continente era muy reducida, no por razones morales o éticas, sino por la escasez y dificultad para contar con una fuente continua de aprovisionamiento de esclavos. Esto cambia a comienzos del siglo XVI.
Con la expansión atlántica, África se convierte en un enorme suministrador de esclavos destinados no solo a abastecer los mercados europeos, sino ahora de manera casi exclusiva los de una América puesta en explotación a todo ritmo. Se produce entonces un trasvase de población esclava hacia el Nuevo Mundo de enorme relevancia. Se calcula que entre el siglo XVI y el XIX más de 12 millones de personas fueron arrancadas por la fuerza de África para ser vendidas y trabajar como esclavos en las plantaciones de azúcar, café, algodón y en las minas americanas.
Canarias, como punto importante en ese tráfico atlántico, tuvo mucho que ver con este asunto, aunque la esclavitud estuvo presente en el Archipiélago desde antes de la llegada de los europeos a América. Los aborígenes canarios, al no contar las islas con grandes recursos naturales, fueron el principal reclamo, junto con el ganado y la pesca, para los diversos navegantes, comerciantes y aventureros —especialmente castellanos, portugueses, normandos y genoveses— que desde finales del siglo XIV marcaron el inicio de un proceso de contacto que pronto derivó en un activo comercio de personas indígenas. Los esclavos canarios obtenidos durante estas expediciones de saqueo y rapiña fueron vendidos en los principales mercados esclavistas de ese momento de la Península (Sevilla, Valencia, Barcelona o Lisboa) donde llegaban a alcanzar altos precios. La esclavitud fue una de las motivaciones económicas principales del primer expansionismo europeo por el Atlántico.
Tras la conquista de Canarias, los aborígenes vencidos por las armas fueron carne de esclavitud, y no solo aquellos derrotados en batalla sino también otros muchos isleños colaboradores que ayudaron a los europeos a finalizar sus campañas. Estos aliados de los invasores, los llamados “bandos de paces”, fueron traicionados y vendidos si las circunstancias económicas de los conquistadores lo exigían. Los esclavos guanches de la isla de Tenerife, por ejemplo, fueron numerosos y siguieron vendiéndose incluso después de 1525 en concepto de pago a prestamistas que arriesgaron su dinero en la conquista. Los indígenas que habían podido preservar su libertad intentaron en numerosas ocasiones liberar a sus propios congéneres y familiares, comprándolos cuando podían. Es el caso en 1509 del conquistador Juan Navarro que vende un esclavo guanche de 7 años al propio tío del niño, de nombre Alonso, guanche de Abona. Numerosos casos como éste están documentados.
Pero la población de esclavos más numerosa con la que contó el Archipiélago desde comienzos del siglo XVI fue la procedente del África occidental subsahariana. Los cautivos negros fueron esenciales en el cultivo de la caña de azúcar y en el funcionamiento de los ingenios azucareros. A esta abundante mano de obra capaz de producir rápido y a bajo coste se añadieron, aunque en menor medida, contingentes de esclavos berberiscos capturados en las diversas expediciones de rapiña (cabalgadas) que desde las Islas se organizaban a la cercana costa sahariana.
La primera noticia sobre la trata de negros en Canarias se remonta a 1494, cuando un navío español pilotado por portugueses residentes en Gran Canaria se dirigió, violando los tratados con Portugal, a la costa de Guinea donde cautivaron un buen número de esclavos. A partir de ese momento en Las Palmas, convertida rápidamente en un activo centro mercantil, la trata esclavista fue uno de los negocios más prósperos del momento. La ciudad rápidamente se convirtió en un importante punto de tránsito entre los focos de captura y emisión de esclavos (Senegal, Guinea y Cabo Verde) y los demandantes (Canarias, América, Península e incluso Europa). El comercio estuvo primero en manos de portugueses afincados en las Islas, para luego ser ingleses y holandeses los principales proveedores de mercancía humana.
En Las Palmas en 1525 figuran como esclavos 324 personas, de ellos 195 negros (84 varones y 111 mujeres), 127 moriscos (53 varones y 74 mujeres) y otros quince mulatos, mestizos y de otras procedencias. El total de esclavos bautizados en la primera mitad del siglo XVI en la ciudad llegó a ser de 322, lo que representa casi el 10 % del total de los bautizados. Por otro lado, los vendidos fueron 427. La población llegó a contar, un poco más adelante, con un 12 % de sus habitantes en estado de esclavitud.
Los trabajos realizados por estas personas privadas de libertad eran muy variados, pues sus amos los utilizan para diversas faenas. La esclavitud en las ciudades era diferente a la de las zonas agrarias. En el ámbito urbano el predominio de las mujeres pone de manifiesto que las labores más frecuentes iban asociadas al servicio doméstico; además, una buena esclava joven podía procrear en pocos años a nuevos esclavos muy cotizados en el mercado. Por otra parte, los varones se hicieron indispensables en la ciudad como porteadores, limpiadores y en todo lo que tuviera que ver con el mantenimiento de las haciendas o grandes casas, además de realizar sus duras ocupaciones en los ingenios cercanos y en los distintos talleres artesanales de la urbe, en los que entrarían como pinches y aprendices.

Los propietarios de estos esclavos eran, por regla general, la parte más pudiente de la sociedad isleña: terratenientes conquistadores (Fernández de Lugo, conquistador de La Palma, de Tenerife y partícipe en la toma de Gran Canaria, a su fallecimiento dejó en herencia 24 esclavos); miembros de cabildos y gobernadores (el gobernador Lope de Sosa durante su segunda estancia en Gran Canaria entre 1512-15 llegó a acumular hasta 15 esclavos); altos miembros del clero (el deán de la catedral de Las Palmas, Zoilo Ramírez, llegó a contar entre sus servidores hasta 15 esclavos de todas las razas); y también algunos prósperos comerciantes y artesanos. En estos ambientes urbanos destacaba la posesión de esclavos como elemento de distinción social, ya que aportaban prestigio a las clases pudientes. Algunos propietarios hicieron incluso pingües negocios arrendando sus propios esclavos a terceros.
Durante el siglo XVII el número de esclavos aumenta en función tanto de las importaciones que se hacen periódicamente desde África, de manera especial ahora desde Angola, como de la suma de los descendientes de los ya afincados aquí. En Las Palmas, a comienzos de la centuria, la población cautiva bautizada llegó a alcanzar el 14 % de todos los bautizados. En el padrón de 1697 se encuentran reseñados 281 esclavos solamente en Vegueta, seguramente dedicados a tareas domésticas en las grandes mansiones. Posiblemente en Triana y en sus tierras próximas tuvieron que habitar muchos más, si tenemos en cuenta los cultivos cercanos y los talleres artesanales en los que se empleaban como mano de obra para las tareas más duras.
Si el siglo XVII fue el periodo de mayor apogeo de la esclavitud, el comienzo del siguiente va a seguir la misma tónica. El fenómeno era ampliamente aceptado por el conjunto social e incluso por la Iglesia, según se desprende de los documentos del obispo Dávila. La propia Corona española, ahora bajo la dinastía borbónica, intentó controlar la trata de personas. En 1784 el comandante general del Archipiélago, marqués de Branciforte, por especial encargo del ministro conde de Floridablanca, se propuso organizar el comercio de esclavos mediante la fundación de una factoría a establecer en la costa africana. Desde allí se exportaría no solo material humano sino también oro en polvo, marfil y goma. La mercancía sería administrada y trasladada por medio de navíos canarios. El proyecto nunca salió adelante.
Conocemos interesantes historias protagonizadas por esclavos a lo largo del setecientos en las Islas. Algunas nos muestran sus miserables vidas, sus insalubres condiciones higiénicas al habitar en cuevas del barranco de Santos de Santa Cruz de Tenerife; otras se refieren a revueltas y disturbios (motín de Cevallos), en las que se les echaba siempre la culpa de todos los males. También hay denuncias ante la justicia contra algún dueño de esclavos por malos tratos. Tal fue el caso ocurrido en 1752 a un tal Nicolás de Burgos, vecino de Santa Cruz, que tenía un esclavo negro de Angola llamado Ventura, que había comprado a un capitán inglés. El esclavo se quejó ante la justicia de los malos tratos que recibía de la mujer de su amo; el alcalde del lugar lo puso en depósito, hasta que otro propietario lo liberó del maltrato pagando su justo precio.
Otra historia muy ilustrativa es la de Francisco de Paula, nacido esclavo en Las Palmas en 1688 y propiedad del pintor e imaginero local Alonso de Ortega. El cautivo resultó tener grandes cualidades artísticas y a él se le atribuye una de las obras más importantes del barroco canario: un lienzo de la imagen de la Virgen del Pino, elaborada entre 1720-30, y que en un primer momento estuvo alojada en la ermita de los Remedios de Las Palmas y hoy es propiedad del Cabildo Insular. Su amo dejó escrito que tras su muerte Francisco de Paula fuera liberado. Una vez libre, el antiguo cautivo se casó y se instaló en una amplia casa de la actual calle Fernando Galván de Las Palmas de Gran Canaria, muy cerca de la ermita de Nuestra Señora de los Reyes.
A comienzos del siglo XIX la esclavitud fue descendiendo de forma muy significativa. Las ideas emanadas de la Ilustración y llevadas a la práctica tras la Revolución Francesa, basadas en los derechos naturales de todos los individuos, además del progresivo cambio de modelo económico del Antiguo Régimen al liberalismo, en el que el trabajo asalariado se impuso sobre la mano de obra esclava, dejaban atrás siglos de esclavitud.
La abolición de la esclavitud en la España peninsular llegó en 1837. Se excluía los territorios de ultramar dada la presión ejercida por la oligarquía de Cuba y Puerto Rico. Finalmente, en 1873 el gobierno español aprobó un proyecto de ley que abolía la esclavitud en Puerto Rico; fueron liberados unos 31.000 esclavos. Cuba tuvo que esperar siete años más; entonces 400.000 esclavos llegaron a ser libres.

En Canarias a principios del siglo XIX la esclavitud estaba casi erradicada, con alguna excepción. Tal fue fue el caso de Rosalía Gómez (Charco del Pino, Granadilla, 1801- Arona, 1874), última esclava documentada del Archipiélago. Esta persona fue propiedad a lo largo de su vida de tres amos distintos en el sur de Tenerife.
La esclavitud, como hemos visto, formó parte de la historia de Canarias hasta hace relativamente poco. Miles de seres humanos vivieron en las Islas a lo largo de generaciones privados de libertad personal, sometidos a una secular miseria y a una terrible humillación. Hoy se ignora en gran medida este hecho, pero sin duda, la esclavitud forma una parte relevante de nuestro pasado.
Si quieres conocer algunos lugares y hechos que tuvieron que ver con la esclavitud en las capitales canarias, te invitamos a entrar en los siguientes enlaces:
Las Palmas:
Quema de herejes y autos de fe
Ermita de San Marcos Evangelista (Nuestra Señora de los Reyes)
Santa Cruz de Tenerife:
La entrada de Maldonado. ¿Batalla en Ofra?
La fragata “Bounty” en Santa Cruz
Bibliografía sobre el tema que puedes consultar en nuestros fondos:
Lobo Cabrera, Manuel. Las Palmas en el siglo XVIII : una ciudad ilustrada. Madrid: Mercurio, 2026.















